sobre el agustinismo político, el Estado y la Cristiandad

El siglo XXI se enfrascaba, desde sus albores, en una serie de guerras imperiales- invasión de Panamá, 1990,Guerra del Golfo de 1991,Guerra de Afganistán,Ataque a las Torres Gemelas en septiembre del 2001, Guerra de Irán para derrocar a Sadam Husein en el 2003- que , nos parece, han ido mostrando que tras las acciones directas en el terreno de la llamada Real Politik hay una corriente subterránea que se alimenta de aguas con un componente nucleado en lo religioso. Para este asunto quizá conviniera echar un vistazo al concepto de agustinismo políitico, como un material de utilidad para hacer efectivo el estudio de esas guerras imperiales , con apoyo en el regressus-progressus que desde el Materialismo Filosófico se han venido usando en el análisis crítico de hechos y fenómenos histórico-políticos
Este tema del agustinismo político no es un simple asunto de discusiones filosóficas o metafísicas, sino que en ello podemos hallar en hilo conductor que podría mostrarnos el fondo de esas corrientes ideológicas- nematológicas en términos del Materialismo Filosófico-que subyacen bajo las guerras imperiales citadas y otras de similar hechura, a saber: el componente ideológico o nematológico cuyo núcleo está en gran parte conformado por conceptos vinculados a lo que podemos denominar como temática religiosa o más precisamente religioso-moral.Este núcleo va incrustado, digamos, en toda una serie de concptos e incluso categorías de índole antropológica cuya influencia en el curso de las citadas guerras es , nos parece, notoria.
Vamos a sugerir un artículo sobre el asunto del llamado agustinismo político desde el contexto histórico medieval para sacar a raíz de su lectura, posibles conclusiones o ver posibles conexiones gnoseológicas con aspectos actuales de la ontología política de los Estados que están directa o indirectamente implicados en esta serie de guerras imperiales.
ENLACE A UN LIBRO(acceso parcial al mismo) clave acerca del concepto de agustinismo político: Henri-Xavier Arquilière , El agustinismo político(Ensayo sobre la formación de las ideas políticas en la Edad Media) http://books.google.es/books?id=YMJErjbAMEMC&lpg=PP1&ots=2dBUFKXydQ&dq=agustinismo%20pol%C3%ADtico&pg=PP1&output=embed

FUENTE http://www.arbil.org/%2862%29cani.htm

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Indice de contenidos
Texto completo de la revista en documento word comprimido
Anatomía, fisiología, patología, terapéutica y plerosis de la Nación
Neoesclavitud
Vintila Horia(II): El novelista, escritor de la resignación metafísica
Editorial
Un “Mundo Feliz”
O novo rosto do Terrorismo
La percepción de la inseguridad en España
Demagogia con pólvora del rey
Una consecuencia ineludible del “Plan Ibarretxe”
El humorismo inglés
El aborto y la Constitución
El alcance de la ética procedimental a la luz de la Doctrina Social de la Iglesia
La Masonería invisible, desvelada por Ricardo de la Cierva
Beneficios del matrimonio (“El matrimonio ¡ Qué bicoca!”)
Importancia de la formación. Ser hombres de principios y de acción
La Virgen del Pilar y la Guardia Civil
De la Polis griega a la civitas christiana ( y IV)
Origen y fracaso del nacionalismo catalanista de Cambó
Biblia y “teología” gay
El impacto de la inmigración en las prisiones españolas
Historia de la confesionalidad
¿Es tabú hablar de la abstinencia?
El jardín de los monstruos: El mito según la escuela semiótica rusa
El conflicto en Tierra Santa (II)
Méndez, Fidalgo, y el miedo a la libertad
La Edad de Plata en España
Ortodoxos: la otra cara del ecumenismo.
La mafia
Léxico español en el sudoeste de Estados Unidos
El movimiento católico en Italia
El esperanto, ¿una lengua para la Europa unida?
El Rosario: ¿Es solamente una tradición de los hombres?
Textos Clásicos: Filosofía del Quijote: (un estudio de antropología axiológica)

CARTAS

Revista Arbil nº 62

De la Polis griega a la civitas christiana ( y IV)

por Canisius

Finalmente, tras estudiar en números anteriores la polis griega, la Res publica romana y los albores de la cristiandad, nos adentramos en lo que se ha dado en llamar la sociedad cristiana, o cristiandad, que supone un nuevo impulso societario consecuente de la penetración que el cristianismo realiza en la sociedad occidental. Sin embargo, sería ingenuo e iluso el llamar “cristiandad” a un único modelo social de un momento puntual, como se ha hecho en ocasiones

Cuando determinados autores hablan de “cristiandad medieval” parecen reducir su momento a lo que fue la Europa del siglo XIII, y ello supone encerrar irreductiblemente en un compacto y sólido bloque monolítico lo que en realidad fue un proceso evolutivo que arranca del Siglo VI y que tendrá como fractura el siglo XVII, consecuencia de la Reforma protestante, la filosofía cartesiana y las guerras de religión.

Los teólogos carolingios son los primeros sistematizadotes del concepto “cristiandad”, que no emplean, si bien utilizan expresiones análogas. Son los doctrinarios del “agustinismo político”, que grosso modo, viene a suponer que la ciudad terrena, identificada con el imperio romano, ha cedido, ante la ciudad de Dios representada por la Iglesia y su brazo secular, el sacro imperio romano-germánico. Veamos si tal especulación ha procedido legítimamente o no.

San Agustín, concibe la realidad política como “reflejo” de la realidad trascendente. El supuesto metafísico es la interpretación del “sí mismo” como “reflejo” de Dios. Entre el creador y la criatura hay diferencia esencial cualitativa, pero la distancia entre uno y otro es mínima.

El ser creado “es” en cuanto imagen del ser divino. La relación del hombre con Dios es más estrecha que lo que media entre lo originario y lo derivado, más profunda también de lo que Platón llama méthexis (participatio). Entre el original -Dios- y la imagen hay verdadera unidad de vida: “et omnia vita sunt, et omnia unum sunt” (1). La vida a la que San Agustín se refiere aquí no es qualiscumque vita, ni el bios animal, sino la vida divina, una e infinita, de la que participa también el alma humana.

La creación entera es como un sol naciente: los matices se degradan hasta el infinito, única es en cambio, la luz original. El ser solo es en la medida en que tiene semejanza con el creador. Cuando la pierde, deja de ser. El hombre imagen de Dios : “impari imagine, attamen imagine” (2). Pero también todas las cosas: todas son “impar sed imago Trinitatis”: en ellas ha de buscar el hombre la imagen de Dios : “vestigium trinitatis”.

La proximidad entre el creador y la criatura es tal que la encrucijada teológica y metafísica del pensamiento agustiniano es el pecado. ¿Cómo dar razón del pecado? ¿Cómo puede el hombre, criatura de Dios a su imagen y semejanza, tan cercano a él, romper radicalmente por el pecado el vínculo que le une al creador?

En el plano político, la encrucijada está donde el santo se propone dar razón de la realidad política. Es realidad humana y tiene, por lo tanto, el carácter propio de tal realidad: la de ser de modo eminente “reflejo” de lo trascendente. Siempre es interpretada como realidad puramente simbólica, reverberación de lo eterno (3).

Se advierte ya en el concepto central agustiniano de la civitas, que se emplea en el sentido genérico e indiferente de la “societas”, referido simultáneamente a una y otra realidad, como conjunto de los que pertenecen a una sociedad meramente terrena o bien ptrascendente. Lo cual no es imprecisión del concepto, sino necesaria consecuencia de la actitud metafísica. De este modo, la realidad humana se implica y entrelaza con la más alta realidad: está como prendida en ella, sin posible desligamiento.

Distingue San Agustín dos civitates . Son ambas modos de vivir irreductibles, pero indesligables: los distingue el vivir secundum Deum y secundum hominem (4), secundum carnem y secundum Spiritum (5), y dos modos de amor: amor Dei – amor sui. Las distingue además, el estar una “praedestinata regnare cum Deo”, la otra “aeternum supplicium subire cum diabolo” (6).

Pero si se mira a la relación entre las dos ciudades, se percibe que la línea que las separa es muy fluida. Una primera lectura de los textos nos enseña que se trata de dos realidades, no históricas, es decir, no empíricamente observables a nivel sociológico o político, sino transempíricas o metahistóricas, captadas solamente por la reflexión del pensador, iluminado por la palabra de Dios. Realidades místicas las llama San Agustín: quas mystice apellamus civitates duas.

La discriminación de mabas ciudades se realizan en la conciencia y en la voluntad de cada hombre (7). Esto es cierto, pero también lo es que San Agustín en muchas ocasiones llama ciudad de Dios a la Iglesia. Y no se puede decir sin más, que la Iglesia no sea una realidad histórica. Por otro lado, hay textos en los que Roma aparece como la ciudad terrena. Escribe Y. Congar : “Hay que poner atención en el carácter complejo y aún ambiguo de la Civitas Dei y la Civitas terrena, que son a la vez, realidades místicas y realidades históricas” (8).

Son fundamentalmente y sin duda alguna, realidades místicas, metahistóricas. Pero, además, la Ciudad de Dios emerge, en la Iglesia, parcial y típicamente, a nivel de observación histórica. El Estado por su lado no es nunca, en San Agustín, una contra-Iglesia, ni la encarnación, ni siquiera parcial, de la ciudad terrena; pero puede ser en ocasiones instrumento de la ciudad terrena, como lo fue la Roma idólatra perseguidora de los cristianos, no por el officium consulendi, sino por la libido dominandi. Por sorprendente que parezca, por lo tanto, no hay en San Agustín una elaboración expresa de las relaciones que deben mediar entre la Iglesia y el Estado. La Ciudad de Dios y la Ciudad Terrena son realidades místicas, que no se identifican con las realidades históricas que son la Iglesia y el Estado.

Lo que se dice de las primeras no puede trasponerse sin más a las segundas. El fin de la Iglesia es ultramundano: busca y procura la pax aeterna en Dios. El fin del Estado es intramundano: buscar y procurar la pax temporales (concordia y bienes terrenos).

Ahora bien, la Iglesia necesita y usa como medio esa pax temporales que asegura el Estado. Y a la vez, ella misma contribuye, formando buenos ciudadanos, a que aumente y prospere el mismo bienestar terreno del Estado. Así podría formularse la ley suprema que ha de regir las relaciones Iglesia-Estado en el pensamiento agustiniano.

Para captar mejor el anacronismo que se comete cuando se atribuye a san Agustín el ideal medieval del orden temporal cristiano, recojamos la tesis de Troeltsch, exacta en este punto. Para San Agustín, el Estado es una realidad que se sitúa fuera de la Iglesia y enfrente a ella. Es verdad que la Iglesia utiliza eventualmente los servicios del Estado, pero es más profundamente verdad todavía que los soporta (tolerat).

La idea de una especie de simbiosis con miras a realizar un programa general de orden temporal cristiano es por principio extraña a las perspectivas del De civitate Dei: la Iglesia es “peregrina” en el mundo, y toda ella está consagrada a lo eterno y celestial.

Sea como fuere, el hecho es que los teólogos carolingios, tomando los conceptos agustinianos de ciudad de Dios-ciudad terrena, los aplicaron indiscriminadamente a las realidades Iglesia-Imperio Romano-Imperio carolingio, conformando todo lo que se dio en llamar “agustinismo político”.

Independientemente que tal elaboración sea extraña al pensamiento agustiniano propiamente dicho, el caso es que tal pensamiento conformó unas estructuras tales que permiten dar el punto de arranque a lo que fue propiamente la instauración del orden temporal cristinao en la Europa medieval, pasando por diversos momentos, claramente distintos entre sí, y no sólo en lo relativo a la aplicación de los principios, sino en lo que se refiere a los principios mismos.

Fundamentándose en las tesis tomadas de San Agustín, la realidad política es un mero reflejo de la trascendencia, sin consistencia autónoma. Dentro de tales coordenadas resulta evidente la imposibilidad de construir una esfera temporal propia, aunque creada por Dios.

El mismo poder temporal será, por lo tanto, reflejo o imagen del único poder verdadero: el asentado en la trascendencia. En el libro V, cap. 27 de la Civitas Dei, dibuja San Agustín al príncipe cristinao: enviado por Dios para el cuidado de la paz en la tierra, todo su obrar cobra sentido “propter charitatem felicitatis aeternae”. Su carácter, más que de soberano es de “primer fiel”, cuyas obligaciones canónicas vienen dadas por la misma Iglesia.

La realidad política no se podrá convertir en realidad substantiva mientras las cosas no empiecen a ser en sí mismas.

Pero esto no sucederá hasta el siglo XIII y será la hazaña de Santo Tomás de Aquino.

Mientras tanto, los pensadores y políticos medievales sacarán la consecuencia de los escritos de San Agustín.

El fenómeno lleva el nombre de “agustinismo político”, en cuya rúbrica se pretende significar la absorción progresiva de la vieja idea de imperio romano por la fuerza creciente de la idea cristiana, hasta la formulación de la doctrina de las dos espadas, doctrina que perderá su vigencia en Santo Tomás.

La perspectiva metafísica de que parten los teólogos imperiales que formulan el agustinismo político, lleva irremediablemente a la inserción del imperio y del poder temporal en la esfera del Corpus Christi.

El ámbito de las dos esferas, la temporal y la espiritual, se cubre hasta identificarse.

Sucede entonces una de estas dos cosas: o la cúspide temporal asume la reacción entera del Corpus Christi, o la asume el poder espiritual.

Caben dentro de estas coordinadas metafísicas alternativas diversas, diferentes constelaciones de fuerzas históricas.

No cabe, empero, el deslinde riguroso de una esfera temporal con plenitud de realidad: La posición oscila desde la posición de Carlomagno y de Otón a la de Gregorio VII e Inocencio III.

En lo profundo, todas estas posiciones son idénticas: lo que cambia es el acento, según se cargue el peso en una u otra cúspide del edificio.

En todos los casos la esfera de lo temporal está absorbida en el Corpus Christi.

La idea imperial de Carlomagno sanciona la íntima fusión de lo temporal y lo espiritual. Todas las funciones del Emperador quedan absorbidas en su misión religiosa. La capitanía del Corpus Christi se une en la voluntad de Carlomagno, y es el imperio escenario en que la Iglesia realiza su obra. El cargo del emperador es sagrado y la consagración imperial simboliza la fusión de ambas esferas. Es auténticamente sacramental, equiparándose el officium del imperio al ministerium canónico.

El fundamento metafísico y religioso de la auctoritas imperial está en Roma. Se llama Carlomagno “supremo señor de la Cristiandad”. Todo esto permitirá luego al Papado, a partir del siglo IX, hacer girar las cosas a su favor. Pero los supuestos seguirán siendo los mismos, aunque será el Papa quien asuma entonces la jefatura del Corpus Christi, en cuya urdimbre espiritual va indisolublemente prendido lo temporal.

Así tenemos esta primera fase de la cristiandad medieval con unas características y principios bien precisos; en ocasiones, algunos autores aún haciendo ecos de la cristiandad dorada del siglo XIII, la hipótesis de que parten es la del agustinismo político pre-tomista, al cual, sin embargo, no se le puede negar el nombre de primera y primitiva cristiandad.

Con Santo Tomás entraremos en una cristiandad nueva, asumiendo principios nuevos, y esto es lo importante, principios distintos a la época anterior.

No se trata de un mero cambio circunstancial y aplicación de un mismo espíritu en distintas coordenadas, sino de un auténtico y nuevo giro conceptual que tendrá como consecuencia la elaboración de una nueva perspectiva.

Sin embargo la cristiandad sigue permaneciendo en un proceso ascensional, si bien distinto, gracias a un factor de unidad del que carecía la polis griega y la urbs romana: el cristianismo.

De la realidad política como reflejo de la realidad trascendente pasamos ahora a la consideración de la realidad política como realidad substantiva, esto es, autónoma y consistente per se.

Su supuesto metafísico es la interpretación del “sí mismo” como natura naturata.

Es la gran hazaña de Santo Tomás.

Como por ensalmo, la realidad toda, las cosas y el mundo humano, adquieren consistencia propia.

Dentro del horizonte cristiano de la creación, la teoría del mundo creado trata ahora de dar razón del “ser” de las criaturas, haciéndose ontología.

El vínculo ontológico entre el Creador y la realidad creada se mantiene intacto, pero se dilata hasta que la criatura se sustantiva y empieza a ser en sí misma. En el orden ontológico, aparece el concepto de individuo como individuación de lo específico, con esta peculiaridad: que lo específico sólo tiene realidad en su individuación.

Paralelamente, en el orden político lo temporal se desglosa de lo espiritual y se constituye en realidad autónoma, dependiente de aquélla, pero substantiva y , por lo tanto, coordinada con ella. Emerge con realidad plenaria el ámbito de las cosas “quae tempore mensurantur”, como dirá Dante lleno de unción tomista (9): “a terrenis spiritualia distincta”: las cosas espirituales son distintas de las terrenas.

Así, este giro en los principios que inspiran la nueva cristiandad de cuño tomista, supone recoger lo anterior, pero matizando aquellos aspectos que parecían más defectusos, con una tendencia ascensional hacia lo mejor.

Tratemos de precisar el sentido de este ingente giro metafísico y su repercusión en lo que más propiamente nos atañe.

Por lo tanto, la realidad social queda anclada en el ser del hombre como persona individual.

El hombre es, por un lado, un ser específico; por otro, individuo. La peculiar trabazón del factor específico e individual en el compuesto humano determina la sociabilidad como estructura originaria del ser del hombre.

Cada uno de los productos de la sociabilidad es en sí mismo substantivo y distinto de los otros, según sea el valor que realice y el bien a que se dirige: familia, civitas, imperium.

Separado del orden más alto de la salvación, se recorta el orden de las cosas temporales. El contenido y la meta de ese orden es el bonum commnune, de carácter temporal, aunque ordenado al fin supremo del hombre.

Entre el bien común y temporal y los valores de salvación hay relación de jerarquía, pero no queda aquélla esfera encerrada en esta.

Junto a la comunidad humana, la Iglesia es rectora y administradora del orden de la salvación y tiene su bonum commune propio: la persona soberana de Dios.

Todas las comunidades terrenas se ordenan a la comunidad superior cuya cabeza es la persona infinitamente valiosa de Dios. En ella tienen todas su origen, y gracias a ella ocupa cada una su puesto en el plan del mundo.

Pero lo decisivo es esto : la realidad política, en cuanto humana, es, naturalmente, realidad creada, pero no es ya simple “reflejo”, sino escala susbstantiva dentro de la creación.

A diferencia de Dios, que es per essentiam, la realidad creada es per participationem, pero es.

La primera causa de la realidad política, como de toda realidad creada es Dios; pero la causa segunda es el hombre y coopera a que tal realidad sea (10), y cada una opera plenariamente en sentido diferente.

De esta suerte, la realidad temporal gana sustantividad propia; dentro de ella la realidad política, y dentro de ésta cada elemento de la realidad tiene también entidad sustantiva y valor propio; de un lado el hombre, de otro, la comunidad (11).

La consecuencia es clara: se dibuja en toda su integridad una esfera “profana”, deslindada de la “espiritual”. Naturaleza y sobrenaturalaza sirven a fines distintos y tienen cada uno su orden propio, aunque entrañablemente trabado.

El poder político, “temporal”, se constituye como poder autónomo: Tanto el poder temporal como el espiritual vienen de Dios. El poder temporal está sometido al espiritual en cuanto Dios le ha sometido a él, es a saber, en las cosas tocantes a la salvación del alma. En tales cosas más se ha de obedecer al poder espiritual que al temporal. En las cosas tocantes al bienestar civil más se ha de obedecer al poder temporal que al espiritual, como el Evangelio de San Mateo dice : “Dad al cesar lo que es del César”. La autoridad política tiene su fundamento en el Derecho natural, no es una derivación de la Iglesia.

Algo más tarde, Dante, polemizando con los curialistas, que han simbolizado los dos poderes en el sol y la luna, con luz propia el espiritual, derivado el otro, lanzará la bella imagen de los dos luminares y definirá su propia tesis de esta guisa: “Sicut ergo dico quod regnum temporale non recipit esse a spirituali, nec virtutem, quae est eius auctoritas nec etiam operationem simpliciter; sed bene ab ea recipit, ut virtuosius operetur per lucem gratia, quam in coelo et in terra benedictio summi pontificis infundit illi” (12). El instrumento dialéctico que en pro de la autonomía de la esfera temporal se resgrime es el del origen divino directo del poder político.

Guste o no guste, Tomás de Aquino será propiamente el que permita dar un paso esencial para el surgimiento del Estado moderno: al considerar la realidad política como realidad substantiva, al no pertenecer a la esfera de lo espiritual, se pone en situación de posibilidad de “pecado original”.

Así como el hombre sólo pudo pecar cuando, con la infusión del alma racional y la subsiguiente libertad pudo pecar, así la realidad temporal, cuando se autopercibió como realidad auténticamente substantiva difícilmente pudo mantener el equilibrio entre el mero naturalismo y el puro sobrenaturalismo y clericalismo.

La distancia entre Dios y el ser creado se dilata tanto que se rompe el vínculo que une al creador con la criatura. El “sí mismo” de las cosas se desliga de su raíz. Santo Tomás es suma serena de equilibrio entre el ser y el concepto.

El paso metafísico definitivo lo dará Ockham. Suceden las cosas de este modo:

Empezará Ockham por variar la imagen de Dios y su posición dentro del universo. Según Santo Tomás, la creación es obra de la voluntad de Dios guiada por su razón absoluta. Entre la ratio y la voluntad divina hay relación de equilibrio. Dicho a manera de fórmula: si Dios quisiera podría hacer el mal, pero no puede quererlo. Ockham acentuará la voluntad frente a la razón. Se introduce así un principio de arbitrariedad en el hacer divino. Entre la potestas absoluta de Dios y las cosas por él creadas, no hay la relación firme de la ratio aeterna.

El nominalismo quebranta también la unidad de la Iglesia. El Corpus Mysticum, dirá Ockham es sólo analogía de un cuerpo real. Paralelamente a lo que acontece en el poder político, el poder espiritual queda referido a la Ecclesia.

El principio de soberanía del pueblo se aplica también a la Iglesia. El poder espiritual queda rebajado al rango de principatus ministrativus. No tiene misión alguna en las cosas seculares.

El poder imperial es solutus legibus positivis. Ningún puente une ya las dos esferas.

La realidad política se erige en realidad autónoma desvinculada del orden de la salvación.

La actitud metafísica y política de Ockham es el giro copernicano hacia una nueva era: el estado moderno.

De todas formas es preciso decir que antes de Ockham nunca se podría haber hablado del Estado moderno; Santo Tomás pondría las bases de la autonomía de ambos órdenes en sinuoso equilibrio; Ockham haría pesar la balanca hacia la radical autonomía y opacidad de los órdenes temporal y espiritual.

Sin Tomás, Ockham hubiese tenido poco que hacer.

En este decurso histórico desde el siglo VIII al XV hubo una auténtica y genuina evolución en los principios que informaron el convivir político animado por el cristianismo.

Tales principios se determinan por la prudencia circunstancial, y lo que llamamos “cristiandad” ha adquirido diversas formas y formulaciones, no es un todo unívoco.

La nueva cristiandad querida por la Iglesia en este siglo es evidentemente distinta que la del siglo XIII, pero igual de auténtica, precisamente porque recibe el impulso ascensional de la naturaleza societaria del hombre transfigurada por el hecho central de la historia humana: la Redención de Cristo.

Siendo así, la sociedad edificada como tal sociedad con el alma cristiana, seguirá abriendo caminos hacia nuevos impulsos, trascendiendo la mera neutralidad del orden político por un lado, y por otro superando la confusión de los órdenes temporal y espiritual en un mismo cuerpo político.

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Canisius canisius@terra.es

Notas

1) San Agustín: De Trin. IV,3; Véase también este texto de las confesiones : “Non ergo essen, Deus meus, non omnino Essen, nisi esses in me. An potius non Essen, nisi Essen in te, ex quo omnia, per quem omnia, in quo omnia?” (Confess., I,II)

2) Id, id., IX,2 n.

3) La falta de claridad sobre los supuestos metafísicos es, en buena parte, causa de los infinitos errores de interpretación de la doctrina política agustiniana y de las mil versiones y aún contradictorias a que ha dado lugar. A esta falta de claridad se debe también, sin duda, la grave dificultad hermenéutica tradicional que los intérpretes católicos encuentran para salvar católicamente la famosa tesis agustiniana sobre la predestinación.
4) Civ. D., XV, 1

5) Id., XIV, 4.

6) Civ. D., XV, 1.

7) “Perplexae sunt istae duae civitates in hoc saeculo invicemque permixtae”. Civ. D., I,35.

8) “Civitas Dei” et “Ecclesia” chez Saint Augustin, en Rev Etud August, 3, 1957,2.

9) En De Monarchia

10) Summa Contra gentiles, II, 15;III, 66. S. Th, I,6,1;44,1; 63,3

11) S. Th., II,11; 64,4 ad 3

12) De Monarchia, I..

Revista Arbil nº 62

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nociones básicas sobre Bizancio


Byzantium:
The Surprising Life of a Medieval Empire
Judith Herrin
FUENTE http://press.princeton.edu/chapters/s8470.html
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Chapter 1

The City of Constantine

Constantine resolved to make the city a home fit for an emperor . . . He surrounded it with a wall . . . cutting off the whole isthmus from sea to sea. He built a palace scarcely inferior to the one in Rome. He decorated the Hippodrome most beautifully, incorporating the temple of the Dioscuri in it.
Zosimus, New History, c. 501

Byzantium–Constantinople–Istanbul is one of the most extraordinary natural sites. Like New York, Sydney and Hong Kong, it is a great metropolis with a deep-water harbour which brings the sea into the heart of the city. The proximity of water, the play of sunlight on the waves and views out towards the horizon create a very special quality of light. What attracted Constantine when he looked for a new capital for the Roman Empire in the early fourth century ad was a location from which he could control land and sea routes between Asia and Europe. He found a suitable site with a safe harbour on the Golden Horn, which could be sealed by a chain to keep out enemy ships and provide security from the dangerous currents of the Bosphoros. Where Leander of Greek myth is supposed to have swum the strait to woo his beloved Hero, Russian tankers now dominate, but even though modern Istanbul is a city of 12 million, the panorama of Constantinople on the Bosphoros remains magnificent. Until recently it was possible to rent a small boat and be rowed across to the historic wooden houses built with landing stages in Ottoman times. And although there are now two bridges joining Asia and Europe, passenger ferries continue to cross the Bosphoros, offering glasses of black tea and semits, rings of baked dough coated with sesame. On a fine day it is one of the great pleasures of life in Istanbul to sit on deck and enjoy a splendid view of Constantine’s city.

Born in the central Balkans at Nis, Constantine was the son of Emperor Constantius Chlorus, one of the four rulers established by Diocletian (284–305), in an attempt to provide a much-needed element of stability in the vast Roman world. The Tetrarchy, ‘rule of four’, effectively divided the empire into two halves, ruled by two emperors acting in concert, with two junior colleagues who would succeed to full power on their death. It faltered due to the ambitions of sons of emperors who were denied a role. Constantine manifested this very problem after his father’s death at York in 306, when he was acclaimed emperor by his troops. Yet he was not recognized by Licinius, the senior emperor in the East, and a few years later there were three different military leaders each claiming the imperial title in the West. Moving south from England, Constantine fought and defeated the others, and then in 312 confronted Maxentius at the Milvian Bridge just outside Rome. After this decisive victory Constantine entered the eternal city in triumph, where he was acclaimed by the Senate but declined to thank the gods for his success at the Altar of Victory in the expected fashion. Later he said that he had seen a vision of the Cross in the sky, which he interpreted as a sign from the God of the Christians, who promised him victory. He had made himself Emperor of the West by military conquest and now had to negotiate with Licinius, Emperor of the East.

The two rulers met at Milan in 313 and consolidated their joint administration by marriage alliances which united the empire. They also decided to issue an Edict of Toleration, which proclaimed that all religions could be celebrated freely, including Christianity, so long as adherents of every god prayed for the well-being of the Roman Empire and the emperors. Ever since, Christians have prayed for the well-being of their monarchs. Whatever Constantine’s personal beliefs (see below), in 313 he had taken a step towards making the faith the official religion of the empire and consistently favoured the Christians. Intense rivalry between the two rulers was only resolved eleven years later when Constantine defeated Licinius at Chrysopolis on the Asiatic side of the Bosphoros. He took his rival prisoner, exiled him to Thessalonike and treacherously had him assassinated. In this way in 324 Constantine became ruler of the greater, richer and more populated East as well as the West. He had ridden and fought across the length and breadth of the Roman world, which he ruled for another thirteen years until his death in 337.

After his victory over Licinius, Constantine decided that the empire needed a capital in the East, closer to its most serious rival, Persia, which regularly threatened to invade. The ancient city of Troy was considered. Instead, Constantine chose the colony established by Greeks from Megara, supposedly in the seventh century bc,onthe European shore of the Bosphoros. From this mythical origin Byzantion had flourished, controlling shipping through the treacherous waters that link the Black Sea with the Sea of Marmara, which in turn flows into the Aegean at the Dardanelles.

Byzantion was built on an elevation and had a well-protected harbour on the Golden Horn. Since the sea bordered it on three sides, to the north (the Golden Horn), the east (Bosphoros) and the south (Sea of Marmara), the only fortification required to enclose the city was a wall in the west. In addition, Byzantion commanded the routes for the lucrative sea-borne transport of goods from the far north (amber, furs, metal and wood) and from the Mediterranean (oil, grain, papyrus, flax, and spices imported from the Far East), as well as overland trade between the West and Asia. In the late third century, Emperor Septimius Severus had strengthened its walls, which were always a weak point, and added new monuments.

Constantine transformed Byzantion into a new capital with his own name in the same way that Hadrian founded Hadrianopolis (Adrianople) and Alexander the Great Alexandria. In traditional ceremonies performed in 324, a line was ploughed to mark out the new land walls, which quadrupled the extent of the city and maximized the potential of the site, enclosing an area of approximately eight square kilometres, as Zosimus describes. Gates in the western wall and along the Marmara and Golden Horn were laid out. After six years of intensive construction, the city of Constantine, Constantinople, was inaugurated on 11 May 330 with ceremonies redolent of ancient civic pride and urban festivals. Horse and chariot races, the favourite sport of all Romans, were held in the Hippodrome; the new baths of Zeuxippos were opened for public use; and foodstuffs, clothing and money were distributed to the inhabitants. Those privileged to live in the new capital adopted the name Byzantine, to indicate their affinity with the ancient colony of Byzantion, and to distinguish themselves as its true citizens.

The city of Constantine drew into its centre the great trading routes, both naval and overland, that meet at the deep-water channel separating Europe from Asia. Unlike the Greek colony of Chrysopolis on the Asian side of the Bosphoros, it was protected by its physical setting on an elevated rocky peninsula. One great advantage of being almost surrounded by water was that the western wall stretching across the peninsula enclosed a large amount of land by a relatively short line of fortification. Furthermore, it was harder for the defenders to be taken by surprise by a land attack. It required a regular water supply that was assured by long aqueducts and cisterns for collecting rainwater. With easy access to fertile hinterlands and rich fishing grounds, Constantinople also became a natural fortress exceptionally difficult to storm.

Even with these natural advantages, the decisive element in the city’s defence was always its inhabitants, their institutions, culture and organization created within the walls. From the beginning, Constantinople was also called New Rome. In imitation of Old Rome, it was laid out with fourteen regions and seven hills, linked by wide avenues leading from the centre to the gates in the western wall. Its squares were decorated with ancient sculptures collected from all parts of the empire. On its acropolis overlooking the Bosphoros there were two temples dedicated to Rhea, the mother of the gods, and to Fortuna Romae (the Fortune of Rome). In the central Forum of Constantine stood a dramatic porphyry column made of drums of purple stone brought from Egypt. At the top, a pagan statue of Apollo was adapted to represent the emperor. Works of art decorated the porticoes around this circular public space, which had triumphal arches at east and west marking entry to the Mese (the main thoroughfare).

Constantine brought sculptures from all parts of the empire to embellish his new capital, including the Serpent Column dedicated after the Greek victory over the Persians at Plataea (479 bc) from Delphi, and an Egyptian obelisk from Karnak celebrating a much earlier triumph. The Hippodrome became an open-air museum adorned with protecting, symbolic and victorious Greaco-Roman images. Statues of pagan gods (Zeus, Heracles), wild and fantastic animals, and rulers including Alexander the Great, Julius Caesar and Augustus, and of Rome, in the form of the wolf with Romulus and Remus, vied with trophies of military victory. Four ancient bronze horses were set up above the starting gates at the entrance to inspire competitors and spectators alike in the ancient skills of the races (plate 30). With broad thoroughfares linking the regions, each bordered by colonnades in which shopkeepers and craftsmen established their trades, the new capital was constructed to impress.

In his city Constantine minted the solidus (in Greek, nomisma), which he had introduced in the West in 309. It was a new type of 24-carat gold coin, which became the most reliable currency of Late Antiquity and the Byzantine world. Until the early eleventh century, all emperors minted gold coins of comparable fineness and quality, maintaining a stable standard for over seven hundred years, an extraordinary achievement (plate 22). Since personifications of Rome and of Victory had often been represented on imperial coins, Constantine adapted this type using the Tyche (Good Luck, Fortuna) of Constantinople. She appears as a woman enthroned, wearing a crown of battlements to represent the city walls, and holding a cornucopia to represent its wealth, an allegory in female form of male power, elucidated by Marina Warner. Imperial coinage minted in Constantinople brought the symbol of the new capital into wide circulation. Gradually Christian symbols replaced the ancient ones: the Cross is used for the first time in the sixth century and a portrait of Christ in the late seventh (plate 11a). After the seventh century, the nomisma became the only gold available in the Middle Ages and was highly prized in regions which minted silver. Byzantine gold coins have been excavated in Scandinavia, western Europe, Russia, Persia and Ceylon.

In founding his New Rome, Constantine I brought many of the features of Old Rome on the Tiber to the Bosphoros. He granted land and privileges to senatorial families who agreed to move east and set up a new Senate of Constantinople. Entitlement to a supply of free bread was linked to the construction of new housing. Those who built accommodation in New Rome were granted bread tokens, which allowed them to collect fresh bread daily at points in all the fourteen regions of the city. Grain silos and water cisterns were constructed to ensure the city’s supplies. In 359, a prefect was appointed to take charge of the city on the model of Rome, and all imperial administration was concentrated there. Duplicating the Roman pattern of ‘bread and circuses’ (see chapter 3), Constantine completed construction of the Hippodrome and appointed professional entertainers (the circus factions or demes) to organize the races and spectacles so much enjoyed in ancient times.

From 330 until his death in 337, Constantine continued to campaign against hostile forces in the East, moving from palace to palace, rather than residing permanently in Constantinople. After his initial victory at Rome, he only returned once to the ancient capital, to celebrate the tenth anniversary of his accession (315), when he dedicated the New Basilica and his Victory Arch, which still dominates the Forum. His new foundation grew at the expense of Old Rome and that of other cities previously used as imperial residences: Trier, Nikomedeia, favoured by Diocletian, Sirmium on the Danube or Antioch on the border of modern Turkey and Syria. Although many senatorial families remained in the West, Constantinople attracted craftsmen, architects, merchants and adventurers, while the new court needed educated men to sing the praises of the new Christian emperors as well as to run the administration. Lacking a traditional caste of established families who cherished their genealogies in the Roman style, Constantinople was more open to talent; newcomers who proved successful were rapidly promoted. This social mobility meant that the city experienced a less pronounced divide between aristocrats and plebians, although upstarts were always mocked and slaves continued to be beaten.

The nature and degree of Constantine’s commitment to Christianity is disputed: his biographer Eusebius (Bishop of Caesarea, 313–c. 340) emphasizes it above all else, while secular historians record his devotion to the unconquered sun, Sol Invictus, shared with his father. In the late fifth century, Zosimus blames Constantine for all the ills of the Roman Empire, claiming that he abandoned his ancestral religion (of the pagan gods), because ‘a certain Egyptian assured him that the Christian religion was able to absolve him from guilt…’.

The historian also reports why the emperor felt so guilty: Constantine had killed his son Crispus on suspicion of improper relations with Empress Fausta, his stepmother. Constantine later shut her up in an overheated bath until she died. He was indeed baptized into the new faith but only when he was dying. This was not uncommon as Christians wanted to avoid sinning after baptism, so the ceremony was regularly postponed till the last possible moment.

Different versions of the story of his vision of the Cross before the battle of the Milvian Bridge suggest that it is a myth, although Christian authors later claim it as the moment of his conversion. At Rome during the winter of 312/13, however, Constantine instructed the governor of Carthage to return Christian possessions, which had been confiscated during a recent persecution, to the local bishop and to provide compensation if the objects had been sold or melted down. This implies a definite shift from the previous imperial view of Christianity as a force capable of corrupting military strength, as well as denying due reverence for the ancient gods and emperors.

While Constantine supported Christian leaders and funded the building of Christian churches, his sons also permitted the construction of a temple in Italy dedicated to the cult of the imperial family, complete with priests dedicated to sacrifice in the old pagan style. At the same time, some temples appear to have been forced to give up their statues and any precious metal was stripped from their doors or roofs. The sacrificial element of pagan cult was gradually restricted; the killing of animals was to be replaced by the bloodless sacrifice offered to the Christian God. Since many pagan philosophers had also stressed the need for a spiritual understanding of ‘sacrifice’, this cannot be considered an exclusively Christian restraint. It indicates nonetheless the gradual demise of animal sacrifice, the central act of pagan cult. So whether he was converted by the vision of 312, or only when he knew that he was dying in 337, Constantine spent most of his adult life as a patron of Christianity, supporting the previously persecuted communities; he endowed their grand new churches with liturgical objects of precious metal set with jewels, and tried to help them define their faith more closely.

It is not clear how many new religious buildings within Constantinople were built by Constantine. He probably planned the church of the Holy Apostles, to which the imperial mausoleum was attached, the cathedral church of St Irene and churches dedicated to the cults of two local martyrs, Mokios and Akakios. Outside his capital Constantine paid particular attention to the sites associated with Christ’s life on earth, sending his mother Helena to the Holy Land in 326.In the course of the first imperial pilgrimage, she founded the churches at Bethlehem over the manger of the Nativity and at Jerusalem over the tomb near Golgotha, where she is said to have discovered the True Cross. She also distributed money to the troops, which may have been the primary reason for her journey. Helena set a pattern for later pilgrimage, which was facilitated by building hostels and hospitals. In 335, Constantine himself followed in her steps; he dedicated another shrine to the Saviour and attended a council in Jerusalem, before celebrating the thirtieth anniversary of his rule.

In a decisive shift from the Roman tradition of imperial cremation, however, Constantine was buried according to Christian rites in the mausoleum designed to house relics of the twelve Apostles. The emperor wished to be laid to rest among Christ’s chosen disciples; Eusebius describes him as equal to the Apostles and the thirteenth, though the emperor’s own perception suggests that he considered himself superior to them. Constantine’s son, Constantius II, completed the church of the Holy Apostles and moved what were believed to be the bones of Saints Timothy, Luke and Andrew to the site in 356/7. Subsequent rulers added to an impressive collection of relics: the veil, girdle and shroud of the Virgin deposited in her shrine at Blachernai became particularly important. Emperors paid annual visits to these relics and to the mausoleum where they censed the tombs, lit candles and said prayers for their predecessors. Ceremonies such as these consolidated the notion of an unbroken line of Christian rulers established by Constantine.

Through a naming system which became prevalent in Byzantium and complicates its history, numerous later emperors were also called Constantine, eleven in all. It was common for the first male child of a marriage to be named after his paternal grandfather, which accounts for some of these Constantines. Others were acclaimed as a New Constantine, as if to stress their equality with the founder of Byzantium, or added Constantine to their given name, like HerakleiosConstantine in the early seventh century. In addition to the eleven Constantines, there are eight emperor Michaels, eight Johns and six Leos. They are listed at the end of this book in an effort to distinguish them by date and achievement. None, however, really challenged the enduring position of the first Constantine.

Gradually, the cult of this great emperor and his pious mother, Helena, developed into a model of Christian rule. Legendary accounts of their devotion effaced Constantine’s involvement in the murders of his son and his second wife, and his mother’s obscure origins. A key moment occurred in 451 at the Council of Chalcedon, when Marcian and Pulcheria, the ruling emperor and empress, were acclaimed as ‘a new Constantine and a new Helena’. Marcian was also compared to Paul and David, while Pulcheria was said to have shown the faith and zeal of Helena. The courtiers and secular officials who stage-managed these acclamations no doubt saw the importance of so elevating their fifth-century masters. In the process they also contributed to the transformation of the founder of Constantinople and his mother into saints of the Christian Church, and this is how they appear in later medieval stories and frescoes, where they are often shown flanking the True Cross.

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Published in: on August 7, 2010 at 4:13 am  Leave a Comment  
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